Solvencia a largo plazo

Casi todos los economistas coinciden en que la deuda pública de la mayoría de economías del primer mundo: EEUU, la Unión Europea y Japón es impagable a largo plazo, esa deuda pública está titulizada y comprada mayoritariamente por los mismos banco con los depósitos de sus clientes, de manera que si en el futuro los mercados de capitales dejan de comprar títulos de deuda pública, los ahorros en depósito bancario de la gran mayoría de ciudadanos desaparecerán.

Por supuesto, los bancos centrales disponen también de otras herramientas para tratar de estabilizar la situación, en concreto la de emitir nueva moneda es la más destacada, los llamados “quantitative easings”, practicados por la Reserva Federal americana y el Banco Central Europeo entre otros.

En el caso americano, durante la crisis 2008-2010 se llegaron a emitir 2,1 billones de USD nuevos (Q1,Q2 y Q3), esa cifra equivale al 47,83% del total de los activos de la Reserva Federal americana, es decir, que casi se dobló en número de dólares en el sistema, haciendo un análisis muy reduccionista, se podría decir que si se multiplica por dos el número de unidades monetarias aumentando la oferta drásticamente, baja el valor del activo a la mitad, asumiendo igual demanda.

El Banco Central Europeo está en una situación parecida desde que Mario Draghi empezó el programa de compra de bonos en mayo de 2009 se han emitido 1,1 billones de Euros nuevos, el programa continúa a razón de 60,000 millones de euros al mes, la cifra total supone a día de hoy un  24,44% del balance total del BCE.

Estas prácticas tienen la ventaja para los políticos de que el ciudadano de a pie ni las conoce ni las entiende, en esencia en vez de subir los impuestos un 24,44 % que sería muy impopular, se fabrica nueva moneda aumentando el stock en un 24,44 %, depreciando su valor real en un 24,44 % sin que el ciudadano lo note, como casi todos los países lo han tenido que hacer más o menos durante el periodo 2009 al 2016, los tipos de cambio entre las divisas principales no se han visto radicalmente afectados.

Lo cierto es que el mundo avanza hacia una sociedad en la que los usuarios ya no necesitan conservar su dinero en un banco, sino que pueden conservarlo en una o varias criptodivisas en sus hogares, utilizandolas para comprar bienes y servicios, o para sencillamente ahorrar o invertir, sin necesidad de un banco y de un sistema de garantía de depósitos público, y sin por tanto tener el riesgo de quiebra o del banco o del sistema basado en el endeudamiento público perpetuo.

Por tanto, la existencia de los propios bancos queda muy comprometida a largo plazo y los Estados y sus monedas públicas competirán sin duda en los mercados de capitales con las nuevas monedas privadas y públicas de corte criptográfico comprometiendo aún más, si cabe, la capacidad de los Estados de endeudarse.

Haciendo un ejercicio de economía-ficción, en realidad la nueva situación puede llegar a ser buena incluso para los Estados ya que si las criptodivisas ganan valor respecto de las divisas públicas, las deudas públicas impagables emitidas en divisas tradicionales podrán ser pagadas con mucha más facilidad, eso sí, empobreciendo radicalmente a la gente que mantenga sus activos en las divisas públicas actuales que sin duda se deprecian respecto de las nuevas.